jueves, febrero 12

1915


 

Unos instantes antes del mediodía, Enero de 1915, entre las secuencias de ejercicios llega a mi mente cien años, qué manera más definida de abarcar el tiempo, todos los que andamos por las calles y los campos no existíamos hace cien años, todos aquellos que estuvieron entonces no viven más, ninguno de nosotros ha de vivir ese tiempo, algunos podrán ver el cambio de siglo, y serán afortunados o no tanto según como esté la situación; estamos en este mundo un fragmento estrecho de tiempo, la tierra a visto pasar civilizaciones y especies de animales que no imaginamos; es absurdo ser impaciente ante una carta que se atrasa un par de días o que alguien llegue tarde a una reunión o escuchar lo que alguien tiene qué decir. Es poco tiempo el que estaré vivo y pierdo el tiempo al querer hacerlo todo con prisa: limpio el corral, alimento a los animales para después, mientras hago ejercicio poner a calentar la avena y los leños para tener agua caliente para la ducha, cosas de todos los días que me apresuro a hacer o las dejo haciendo mientras me ocupo de otras cosas y terminar pronto, ir al colegio a cumplir con lo que me exigen escuchando ideas de otros y regresar a hacer lo único que me da satisfacción; pescar mientras dibujo, ansío ese momento en que tenga libertad de no hacer algún deber y tomar el sedal, la bolsa y salir corriendo antes de que se les ocurra otra tarea, el tiempo pasa muy rápido entonces, estamos los peces, la hoja limpia y yo; todo puede ocurrir, cuando me relajo surgen las imágenes y sé qué es lo que voy a dibujar, cuando algo ocurre que no me permite estar tranquilo no puedo y se queda la hoja ajena a mis visiones, incluso los peces parecen saber que algo no anda bien porque no pica ninguno. Antes los liberaba al atraparlos pero desde los años revoltosos no había paga en ningún lado y por primera vez desde qué me cuentan, la gente salía a conseguir lo que comerían por ese día, ya no se juntaban los mercados ya que nadie tenía para comprar, los que se quedaron cambiaban cualquier cosa por comida, se necesitaba algo más que voluntad para conseguir algo de comer; ya entonces tenía el hábito bien clavado de la pesca, se me exigió llevar el resultado de mi pesca, se volvió un trabajo más, no podía volver sin al menos un pez por persona; las cosas iban muy mal, hubo muertos, gente que conocía se iba a pelear, muchos no regresaron, el pánico se hizo cotidiano con las incursiones de los revolucionarios que llegaban a abastecerse sin preguntar tomaban lo necesario, por la causa. 
Comencé a dibujar después de ver a un mago que venía con un pequeño circo que paso por el pueblo, la imagen de la hazaña por salir ileso de las llamas y salir con vida de una trampa bajo el agua, se quedó clavada en mi mente por días, sentí la necesidad de hacer algo con eso, tome unas hojas marrón que usan en casa para las cartas y con carbón trace lo que tenía en mi cabeza, no se parecía en absoluto a mi recuerdo del hombre atravesando las llamas, entonces lo seguí intentando cada vez que tenía un rato libre que ocurría cuando pescaba; mientras cumpliera con mi cuota de peces me dejaban un poco en paz, quizá era que no tenían cabeza para fijarse en lo que hacía, es algo que prevaleció aún después de terminar la revolución. Se dijeron muchas cosas sobre la repartición de las tierras para cultivo y nadie estaba conforme, todo era más confuso. Sigo llevando a casa lo que pesco, aunque ahora nadie espere que lo haga; ya lo que plasmo en los papeles es muy similar a lo que miro o veo en mi cabeza; no entiendo para que debo ir a las clases de religión y aprender un oficio, lo único que anhelo es estar en el lago dibujando, me han enseñado a obedecer y nunca he comentado nada de lo que pienso, la única vez que mencioné si no fuera al colegio qué pasaría, me llevé una madriza para que aprendiera a no hacer preguntas idiotas, ya no pregunto pero aún lo pienso.

Mientras está el sedal moviéndose al ritmo del lago, me llega esta imagen sobre cien años, he estado haciendo lo mismo desde que recuerdo, las tareas han aumentado con el tiempo, todo es trabajo, si no nadie lo hará me dicen, si no quieres ser un animal vas a trabajar; ya no me canso de hacer mantequilla o limpiar los corrales, alimentar animales u ordeñar a hembras cargadas de leche, son cosas que están ahí, lo han hecho otros antes de mí y quizá lo seguirán haciendo cuando no esté, me da el presentimiento de que hay algo más que sobrevivir, me han enseñado a sobrevivir, no sé qué haré con lo que tengo dentro, quizá muera a golpes por sentir lo que siento, pero no hay golpes que frenen esta sensación he intentado dibujarlo, no entiendo nada de lo que sale, formas sin sentido, cómo plasmar algo que no he visto antes, mirar lo que no existe, en ocasiones no dibujo nada y la rabia se apodera de mí; desde que ando con esa sensación me molestar hacer lo que siempre he hecho incluso pescar no me satisface. El silencio ha sido mi confidente, no respondo a lo que me ordenan supongo lo toman como un signo de conformidad. 


Alguien del colegio habla sobre la fundidora que abrió hace meses a treinta minutos en ferrocarril, es la primera vez que algo más ocupa mi mente que no sea furia, escuché con atención, que siempre piden gente para trabajar, las máquinas que usan tienen la fuerza de cien hombres y se ahorran la mitad de trabajadores, no entiendo lo que dice pero me da mucha curiosidad y no soy el único se ha formado un grupo cerrado que escucha con atención cada palabra y después un tornado de preguntas. Desde la llegada del ferrocarril hubo muchos cambios, cuando nací ya estaba la estación del ferrocarril; esa sería mi forma de ir a conocer aquello que no me deja dibujar, maquinas que trabajan sin descanso, así como una locomotora pero haciendo otras cosas, trabajando como yo, haciendo lo mismo por horas, aquella imagen me crispó la piel, comencé a ir a la estación del ferrocarril, el viaje al pueblo donde está la fundidora vale ochenta centavos, no había forma de que tuviera tal cantidad, nunca había tenido en mis manos ninguna cantidad de dinero; pensé en ir a vender los peces al mercado, pero no iban a permitir que aquello pasara, para qué iba a necesitar yo dinero me dijeron cuando se dieron cuenta de mis planes y aumentaron las tareas sin posibilidad para ir a pescar, no hay lugar para ociosos en esta casa fueron sus palabras cuando comenzarán a vigilar que regresara a casa después del colegio y no saliera más.

Ochenta centavos, era el precio por estar en otro lugar, el precio de la incertidumbre por ser y estar lejos de lo que había conocido, y aquello me pareció fascinante, faltaban dos años para terminar las clases del colegio y ya habían decidido enviarme con unos parientes que he visto tres veces, de las que sé lo suficiente para tener claro que no quiero estar en esa situación, no estaba dispuesto a esperar, cien años es poco tiempo para esperar y ochenta centavos mucho para conseguir algo más que supervivencia; ya tenía planeada la fuga, debería ser en el momento en que esté en clases ya que bajan la guardia, no sabía cómo saldría aquello, tuve tiempo para recorrer las vías del ferrocarril, sino podría saltar al tren tendría que caminar, no supe cuánto tiempo haría pero sería poco a comparación de cien años; es el momento, salto una barda sin saber que encontraré del otro lado, corro con todas mis fuerzas y me oculto de todas las miradas no debe reconocerme nadie, se ve difícil subir al tren, no va tan lento como parece, corro con todo lo que tengo cualquier cosa será mejor, mis pies se doblan cuando estoy agarrado con una mano, el dolor me invade, no hay tiempo, jalo con todas mis fuerzas en un grito que se ahoga en el silbato del tren.


He comenzado a dibujar de nuevo, no he encontrado un lugar para volver a pescar, el dolor a veces regresa cuando llueve o hace frío, aquella ocasión desperté en los matorrales, luego voces y me llevaron a cuestas, el dolor hizo que todo se nublara de nuevo, el pie que alguna vez estuvo en su lugar y me ayudó a salir del lugar donde crecí, ahora lo normal es que tenga solo un pie. Comencé a usar lo que aprendí de carpintería para tener comida y dónde dormir; no me han aceptado en la fundidora, aunque la impresión que aquellas máquinas han dejado en mi mente ha sido tan grande que me regresaron las ganas de dibujar; fui acogido por unos carpinteros que fueron pacientes con mi nueva condición. No pude conservar mis dibujos anteriores, me he conseguido material para volver a dibujar, me muevo con destreza con las muletas, no imaginaba cómo sería estar en otro lugar no imaginaba lo que sería vivir, y sin todo aquello que se pierde en el camino  y no se recupera, lo que fue, y no ha de volver, no anhelo ya nada, lo que hago lo hago con calma; se habla de otros lugares lejanos que conoceré, ya tengo más de ochenta centavos guardados, se acerca el momento en que vaya a esos lugares y siga dando forma a lo que está dentro, y tener más motivos para dibujar. Estos hombres y sus familias buscan persuadirme, han visto en mis ojos la calma del que acepta su destino y no han insistido más, me dan comida para el viaje y una palmada en la cara, una mano en la cara sin ser un golpe, es algo nuevo, soy algo nuevo, incompleto y más completo a cada decisión; un primer viaje en tren, me he estremecido al volver a ver la máquina de hierro que exhala humo.

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